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jueves, 11 de mayo de 2017

¡Soy Gorda!



Hoy os comentaré tal como os prometí en el anterior post, que os hablaría del libro que me prestó Mari “Cómo ser mujer” de Caitlin Moran y en especial de su recomendación del capítulo 6 “¡Soy Gorda!”

En este capítulo la autora nos cuenta que visitó a una amiga que estaba en The Priory (Un hospital privado londinense muy conocido por sus tratamientos de desintoxicación de drogodependencias). Esta amiga rompió con una estrella del pop, reactivó su bulimia, pasó nueve días seguidos entre atracones y purgas, y luego se ingresó ella misma en The Priory.

Ella le contaba…

«Aquí hay una jerarquía. Los heroinómanos desprecian a los cocainómanos. Los cocainómanos desprecian a los alcohólicos. Y todo el mundo piensa que la gente con trastornos alimenticios, gordos o flacos, son la escoria.»

Y ahí está la jerarquía de la infelicidad, en pocas palabras. Todas las compulsiones irreprimibles con que puedes arruinarte la vida tienen cierto potencial de fascinación perversa y autodestructiva…, excepto el comer.


La gente se atiborra de comida exactamente por la misma razón por la que beben, fuman, follan sin parar o se drogan. Tengo que dejar claro que no estoy hablando de los que se atiborran empujados por la sencilla y alegre gula, como los personajes de Rabelais o la figura de Falstaff, que ven el mundo como una serie de placeres sensoriales, y disfrutan al máximo del vino, del pan y de la carne. Alguien que se aleja de una mesa, ahíto, gritando «¡HA SIDO MAGNÍFICO!» antes de sentarse junto al fuego, beber oporto y comer trufas, no sufre ninguna neurosis con la comida. Tiene una relación consensual con el comer y, casi indefectiblemente, le da lo mismo engordar unos cuantos kilos. Intenta llevar su peso con gracia, exuberantemente, como un abrigo de piel o un fajín de diamantes, en vez de intentar esconderlo con nerviosismo, o pedir perdón por él.

Las personas así no son «gordas», simplemente son… opulentas. No tienen problemas con la alimentación, a menos que se les acabe el aceite de trufas, o encuentren muy decepcionante un plato de navajas preparado con demasiada antelación.

No, estoy hablando de aquellos para los que la idea de comer no es un placer sino una compulsión. Para los que la comida, y los efectos de la comida, son el trasfondo estático y deprimente de cualquier otro pensamiento normal. Aquellos que piensan en el almuerzo mientras desayunan, y en el postre mientras comen patatas fritas; aquellos que entran en la cocina en un estado muy cercano al pánico, y, casi sin respirar, comen una rebanada tras otra de pan con mantequilla, sin saborearla, sin masticarla siquiera, hasta que el pánico puede ser ahogado en una rutina casi meditativa de meterse la cucharada y tragar, meterse la cucharada y tragar.

En ese estado similar al trance, puedes quedarte placentera, temporalmente, sin pensar en nada unos diez, veinte minutos, hasta que, finalmente, una nueva avalancha de sensaciones —malestar físico y un terrible arrepentimiento— te obligan a detenerte, del mismo modo que el whisky o la droga te dejan inconsciente. Comer en exceso o en busca de consuelo es la opción más barata y humilde para llegar a la autocomplacencia y la autodestrucción. Consigues la liberación temporal que te producen la bebida, el sexo y las drogas, pero, y creo que ése es el quid de la cuestión, te deja siempre en un estado en el que sigues siendo responsable y dueño de tus actos.

En pocas palabras, al elegir la comida como tu droga —los subidones de azúcar o la calma profunda y soporífera de los carbohidratos, el Valium de la clase obrera—, puedes seguir preparando la comida, llevando a tus hijos al colegio, atendiendo al bebé, pasando por casa de tu madre y cuidando toda la noche a tu hijo enfermo de cinco años, algo que no es posible si estás todo el día fumando cannabis, o te encaramas con regularidad a la alacena que hay debajo de la escalera para beberte una botella de whisky.

Comer compulsivamente es la adicción que eligen las personas que tienen que cuidar de otros, y ése es el motivo de que se considere la adicción de menor rango. Es una manera de joderte a ti misma mientras te mantienes completamente operativa, porque no te queda más remedio. La gente gorda no se permite el «lujo» de que su adicción les convierta en alguien inútil, caótico, o en una carga. En vez de eso, se autodestruyen poco a poco sin molestar a nadie. Y esto explica que sea con tanta frecuencia una adicción elegida por las mujeres. Todas las mamás que comen sin hacer ruido. Todos los KitKats en el cajón de la oficina. Todos los momentos de infelicidad, a altas horas de la noche, captados sólo por la luz de la nevera.


Y continua…, pero para esto tendréis que leer el libro.

En resumen, la mejor terapia para todas las adicciones es conseguir la Armonía interna entre la mente y el corazón.


2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Retazos por favvor cuide su vocabulario jajaja.

      El comer en demasía no se considera una droga pero sin lugar a dudas es una adicción que trata de compensar malestares internos.

      Que pases un gran día. Besos

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