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miércoles, 24 de mayo de 2017

Escribir en soledad como terapia



Diarios, escribir en un blog, relatos de sueños, ilusiones, cartas que nunca se enviarán... El arte de escribir en soledad es una práctica centenaria que han cultivado no solo los grandes escritores, sino cualquier persona.

James Pennebaker, psicólogo de la Universidad de Texas desde hace más de 30 años, estudia la escritura como herramienta terapéutica para superar vivencias traumáticas. Estas son sus conclusiones:

“Escribir sirve para estimular la protección inmunológica, relajar y mejorar la calidad del sueño, ayudar a controlar la presión arterial y reducir el consumo de alcohol y fármacos.

Además, reordena el pensamiento, promueve la conexión con los otros y disminuye las crisis depresivas. Parece mágico.

Escribir cambia la forma en que la gente piensa y organiza su mundo interno; Exige detenerse sobre la experiencia, reevaluar sus circunstancias, hasta que se alcanza una nueva representación en el cerebro.

Es un proceso que implica reinscribir las emociones en un nuevo formato.”

Cuando tengas un problema, escribe sobre él durante cuatro días, sin la necesidad de respetar las reglas gramaticales o sintácticas, teniendo en cuenta que el relato es absolutamente personal y que no se compartirá con nadie.

Cuenta los acontecimientos que te ocurren y cómo te ha afectado realmente, cómo te sentiste cuando ocurrió y cómo te hace sentir ahora.

Basta con relatar un hecho traumático para que su poder destructivo ceda. Escribir cambia la forma de pensar, exige detenernos sobre la experiencia y revaluar las circunstancias.

¡Escribe y conseguirás tú Armonía emocional!


lunes, 22 de mayo de 2017

Los cuatro acuerdos




Hace unos días me enviaron un video que hablaba sobre el libro “Los cuatro acuerdos” escrito por el Doctor Mejicano Miguel Ruiz que está basado en la sabiduría de los antiguos Toltecas. Relata la visión que debería tener un ser humano para estar en equilibrio personal, emocional, mental y social.

Un libro muy sencillo de entender, lleno de pequeñas grandes verdades y claves prácticas para hacer nuestra vida un poco más efectiva. Nos invita a una liberación personal de las creencias y acuerdos que hemos ido adquiriendo a través de la cultura y la educación, tanto con nosotros mismos como con los demás y que nos crean limitaciones e infelicidad en nuestras vidas.

Debemos  entender que todos los humanos tienen un complejo sistema de creencias, adquiridas por influencia social, familiar, educacional, y que con frecuencia dichas creencias adquiridas los perturban mental y emocionalmente, creando infelicidad y la buena noticia es que se puede modificar el sistema de creencias para conseguir el anhelado equilibrio interior que lleva a la felicidad y armonía. Para lograrlo, se pueden poner en práctica los cuatro acuerdos, que son los siguientes:

1. Sé impecable con tus palabras:
Habla con integridad. Di sólo lo que quieres decir. Evita el uso de la palabra para hablar en contra de ti mismo o de chismes sobre los demás. Usa el poder de tu Palabra en la dirección de la verdad y el amor.

2. No tomes nada a nivel personal
Nada que otros hacen es algo personal. Lo que otros dicen y hacen es una proyección de su propia realidad, su propio sueño. Cuando tú eres inmune a las opiniones y acciones de los demás, no serás víctima de sufrimiento innecesario.

3. No haga suposiciones
Encuentra el coraje para hacer preguntas y expresar lo que realmente quieres. Comunícate con los demás tan claramente como sea posible para evitar malentendidos, tristeza y drama. Con sólo este acuerdo, se puede transformar por completo tu vida.

4. Haz siempre tu máximo esfuerzo
En cada circunstancia entrega lo mejor de ti mismo y trata de hacer las cosas siempre un poquito mejor. Así evitarás recriminarte o lamentarte.

Son cuatro consejos básicos que nos ayudarán a crecer y vivir en Armonía.

Gracias Geni por enviarme este video.








miércoles, 17 de mayo de 2017

Cuestión de animales



- ¿Cómo puedes tener un perro en un piso David? Yo en un piso no tendría ni tuve animales, es como esclavizarlos. Me dijo Isabella.

- Si viviera en el campo en una finca grande no tendría uno, sino cuatro o cinco y además de raza grande como mastines o dogos y siempre sueltos por supuesto para que se sintieran en libertad.
Además si fuera posible también tendría caballos, no para montarlos sino para verlos, acariciarlos y cuidarlos. Le contesté.

- Y?… En la mirada de Isabella se leía que no había contestado a su pregunta.

 - Yo, durante toda mi vida, he sido de tu opinión, le dije. No quería un perro en un piso porque pensaba que era coartar su libertad. Pero encasa, al final tras mucho insistir me convencieron.

Ahora me he dado cuenta de lo equivocado que estaba. Accedí siempre y cuando el tamaño del perro fuera acorde con el tamaño del piso.

Es una perrita que ha pasado a ser una más de la familia, diría más, creo que ha pasado a ser el miembro más “importante” de la familia.

Es la que se lleva el cariño de todos sin excepción, es la que está al otro lado de la puerta una vez pones a llave en la cerradura esperándote para darte una gran bienvenida.

Es la  que por las mañanas te despierta a base de lametazos, es la que te enseña en su boca su peluche para que la persigas por toda la casa intentándole arrebatárselo.

Es la que te lleva pasear cada día.

Es la que se acurruca junto a ti cuando estás leyendo y te permite que la acaricies entre página y página del libro.

Si toda la familia rellenáramos un cuestionario sobre la felicidad, su resultado nos superaría un montón. Sin lugar a dudas es el miembro más feliz de la casa.

Isabella me miraba sin llegar a estar convencida. En ese momento apareció el torbellino de Gina rogándole que la acompañara al columpio.

Me quedé sin conocer su respuesta, pero me dejo pensando…  ¿La raza humana hemos hecho bien domesticando a los animales? 

¡Disfrutar de este maravilloso día como animales! (Que lo somos) 

lunes, 15 de mayo de 2017

La crisis de la mediana edad




Ayer nos juntamos en el mismo banco del parque Isabella, Edu y yo, hacia días que no coincidíamos los tres. Edu está jubilado y aprovecha la “temporada baja” para irse de vacaciones.

Isabella le comentó que es una suerte llegar a su edad en buenas condiciones físicas y poder disfrutar del tiempo a su antojo al no tener “obligaciones”.

  -“Debemos cambiar nuestra postura ante el hacernos mayores y valorar las ventajas. La edad la marca el cerebro y no los años. Y esta verdad solemos aceptarla demasiado tarde. Ese es nuestro error, no hay que buscar entre pócimas misteriosas ni ungüentos extraños, está en nosotros mismos.

La publicidad ha ayudado a conectar diferentes valores como: éxito, dinero, felicidad con los de juventud y belleza. Aún más si cabe, en el caso de vosotras las mujeres. Os lo habéis creído. Intentáis perseguir algo muy lícito, como es perseguir la felicidad, pero seguramente vais en una dirección equivocada…” Le respondió Edu.

Y continuó…


El nivel de satisfacción en la vida va disminuyendo con el paso del tiempo, alcanzando su pico más bajo entre los 40 y los 50 años, para luego volver a crecer, como si fuera la forma de la letra “U”.



En esta época de la vida suele ocurrir lo que se le llama la crisis de los cuarenta, pero la buena noticia es que es el inicio la época de la felicidad posterior.



Aquí me permití, interrumpir su dialogo. ¿Crisis? No sería mejor llamarla “época de transición



Muy acertado – comento -. Sobre todo, las mujeres entráis en conflicto por las expectativas contra la realidad. – Mirando a Isabella – Sois muy duras con vosotras mismas, ya que os exigís “ser perfectas y las mejores en todo”. Graba esto en lo más profundo de tu mente “Me siento plena, feliz y satisfecha con la vida” y repítelo cada día.


Cuanta sabiduría acumulada con los años que tiene Edu.

Yo añadiría que en esta época de transición tengas en cuenta:

-      Tus virtudes, valores y fortalezas
-      Tus dudas y miedos.
-      Tus creencias que te limitan.
-      Abandona lo que no te sirve.

Y si necesitas ayuda. Contacta conmigo en:


¡Que tengas un bonito día en Armonía!


jueves, 11 de mayo de 2017

¡Soy Gorda!



Hoy os comentaré tal como os prometí en el anterior post, que os hablaría del libro que me prestó Mari “Cómo ser mujer” de Caitlin Moran y en especial de su recomendación del capítulo 6 “¡Soy Gorda!”

En este capítulo la autora nos cuenta que visitó a una amiga que estaba en The Priory (Un hospital privado londinense muy conocido por sus tratamientos de desintoxicación de drogodependencias). Esta amiga rompió con una estrella del pop, reactivó su bulimia, pasó nueve días seguidos entre atracones y purgas, y luego se ingresó ella misma en The Priory.

Ella le contaba…

«Aquí hay una jerarquía. Los heroinómanos desprecian a los cocainómanos. Los cocainómanos desprecian a los alcohólicos. Y todo el mundo piensa que la gente con trastornos alimenticios, gordos o flacos, son la escoria.»

Y ahí está la jerarquía de la infelicidad, en pocas palabras. Todas las compulsiones irreprimibles con que puedes arruinarte la vida tienen cierto potencial de fascinación perversa y autodestructiva…, excepto el comer.


La gente se atiborra de comida exactamente por la misma razón por la que beben, fuman, follan sin parar o se drogan. Tengo que dejar claro que no estoy hablando de los que se atiborran empujados por la sencilla y alegre gula, como los personajes de Rabelais o la figura de Falstaff, que ven el mundo como una serie de placeres sensoriales, y disfrutan al máximo del vino, del pan y de la carne. Alguien que se aleja de una mesa, ahíto, gritando «¡HA SIDO MAGNÍFICO!» antes de sentarse junto al fuego, beber oporto y comer trufas, no sufre ninguna neurosis con la comida. Tiene una relación consensual con el comer y, casi indefectiblemente, le da lo mismo engordar unos cuantos kilos. Intenta llevar su peso con gracia, exuberantemente, como un abrigo de piel o un fajín de diamantes, en vez de intentar esconderlo con nerviosismo, o pedir perdón por él.

Las personas así no son «gordas», simplemente son… opulentas. No tienen problemas con la alimentación, a menos que se les acabe el aceite de trufas, o encuentren muy decepcionante un plato de navajas preparado con demasiada antelación.

No, estoy hablando de aquellos para los que la idea de comer no es un placer sino una compulsión. Para los que la comida, y los efectos de la comida, son el trasfondo estático y deprimente de cualquier otro pensamiento normal. Aquellos que piensan en el almuerzo mientras desayunan, y en el postre mientras comen patatas fritas; aquellos que entran en la cocina en un estado muy cercano al pánico, y, casi sin respirar, comen una rebanada tras otra de pan con mantequilla, sin saborearla, sin masticarla siquiera, hasta que el pánico puede ser ahogado en una rutina casi meditativa de meterse la cucharada y tragar, meterse la cucharada y tragar.

En ese estado similar al trance, puedes quedarte placentera, temporalmente, sin pensar en nada unos diez, veinte minutos, hasta que, finalmente, una nueva avalancha de sensaciones —malestar físico y un terrible arrepentimiento— te obligan a detenerte, del mismo modo que el whisky o la droga te dejan inconsciente. Comer en exceso o en busca de consuelo es la opción más barata y humilde para llegar a la autocomplacencia y la autodestrucción. Consigues la liberación temporal que te producen la bebida, el sexo y las drogas, pero, y creo que ése es el quid de la cuestión, te deja siempre en un estado en el que sigues siendo responsable y dueño de tus actos.

En pocas palabras, al elegir la comida como tu droga —los subidones de azúcar o la calma profunda y soporífera de los carbohidratos, el Valium de la clase obrera—, puedes seguir preparando la comida, llevando a tus hijos al colegio, atendiendo al bebé, pasando por casa de tu madre y cuidando toda la noche a tu hijo enfermo de cinco años, algo que no es posible si estás todo el día fumando cannabis, o te encaramas con regularidad a la alacena que hay debajo de la escalera para beberte una botella de whisky.

Comer compulsivamente es la adicción que eligen las personas que tienen que cuidar de otros, y ése es el motivo de que se considere la adicción de menor rango. Es una manera de joderte a ti misma mientras te mantienes completamente operativa, porque no te queda más remedio. La gente gorda no se permite el «lujo» de que su adicción les convierta en alguien inútil, caótico, o en una carga. En vez de eso, se autodestruyen poco a poco sin molestar a nadie. Y esto explica que sea con tanta frecuencia una adicción elegida por las mujeres. Todas las mamás que comen sin hacer ruido. Todos los KitKats en el cajón de la oficina. Todos los momentos de infelicidad, a altas horas de la noche, captados sólo por la luz de la nevera.


Y continua…, pero para esto tendréis que leer el libro.

En resumen, la mejor terapia para todas las adicciones es conseguir la Armonía interna entre la mente y el corazón.


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