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miércoles, 4 de julio de 2012

Desde donde estoy veo la luna - Maud Lethielleux





Desde donde estoy veo la luna - Maud Lethielleux

Hoy es presento un libro que habla de la historia de Moon, una joven que vive en la calle vendiendo sonrisas y que encuentra su mayor evasión en la escritura.

Moon tiene la cara tan redonda y blanca como la luna, y sus cabellos del color de la noche envuelven su expresión de niña.

Con diecinueve años ya lleva tres durmiendo en la calle, cerca de un puesto de flores, porque Moon ha elegido ser libre y que su imaginación vuele con la escritura, su mayor pasión. Moon se gana la vida obsequiando con un instante de fugaz felicidad a los transeúntes a cambio de unas monedas: ofrece sonrisas, tímidas o de oreja a oreja, disimuladas o burlonas, pero raramente forzadas.

Y para completar os copio la entrevista que le hicieron a Maud Lethielleux en La Contra de La Vanguardia.




Maud Lethielleux, escritora, artista musical y escenógrafa. Tengo 39 años, ¿no me dice que parezco más joven? Nací en una pequeña ciudad francesa y vivo entre Nantes y Marruecos. Vivo en pareja y tengo tres hijos, de 20 años, de 8, y de 5 meses. Tengo conciencia ecológica y social, pero no me gustan los políticos. Simpatizo con el budismo.

"Viviendo en la calle descubrí la solidaridad"


A los 17 años dejé los estudios y acabé viviendo en la calle con mi compañero, del que estaba embarazada.

¿Por qué en la calle?
Vengo de una familia hippy, vivíamos en la naturaleza, sin agua, electricidad ni calefacción. Entre nosotros había una relación muy estrecha. En el instituto no hallé esa intensidad y la busqué en la calle, donde se crean pequeñas comunidades.

Por muy hippies que sean sus padres, no entiendo por qué acabó en la calle.
Vivía en un piso con mi hermana y cuando le dije a mi madre que abandonaba los estudios me dijo que me buscara la vida.

Y se buscó la vida.
Sí, tenía ansias de libertad. Pero mi compañero era toxicómano y a medida que avanzaba el embarazo se volvía más violento. Estaba muy apegada a él, pero conseguí dejarle.

¿Qué aprendió de su vida en la calle y de esa situación?
Entendí la debilidad; pero lo que me ha quedado es alegría interior.

Eso es sorprendente.
En la calle descubrí una solidaridad muy intensa, y me gustaba esa estrecha relación con las condiciones climáticas y físicas, que te hacen estar muy presente en el cuerpo, no te queda energía para divagaciones mentales. Y aprendí algo fundamental: que nunca hay que posicionarse como víctima.

¿Qué fue de usted?
Acabé en un hogar de mujeres maltratadas, y allí me sentí muy sola; pero cuando nació mi hija me invadió una gran energía, la de una superviviente. Me saqué el bachillerato, el permiso de conducir y seguí viajando.

¿Qué comprendió sobre la mente de las mujeres maltratadas?
Mi compañero murió en la cárcel a los 23 años y todavía sueño con él, los sentimientos pueden ser muy irracionales.

¿Consiguió tener un oficio?
Creé una compañía de teatro en la que participaban jóvenes marginales que se reinsertaban en la sociedad a través del arte y daba clases en prisiones. Estaba por fin al otro lado, pudiendo ayudar con mi experiencia.

¿Siempre en comunidad?
Sí, la relación humana es el centro de mi vida, pero nunca he dejado de viajar: haciendo teatro en la calle en Israel, tocando música en la calle en Australia y Nueva Zelanda. En India, mi hija y yo caímos enfermas.

¿Y qué buscaba en el viaje?
Estar en desequilibrio, forzarme a estar presente. En situaciones de confort te bastas a ti mismo y eso te lleva a estar desconectado de tu cuerpo y de tu verdadero yo.

¿No temía por la estabilidad de su hija?
No, porque era una niña feliz. Tuvimos experiencias muy ricas y una relación estrechísima, la veía bien. Con el tiempo he entendido que aunque un niño rodeado de amor siempre es feliz, eso no significa que todo lo que se le impone sea conveniente. Ahora ella va siempre bien peinada y con tacones, pero nos parecemos, también es muy intensa.

Toda su familia parece serlo.
Sí, como si la necesidad de buscar formas intensas de vivir se heredara. Es una chica muy centrada y tiene una gran alegría interior, pero igual que mis padres y yo, abandonó el bachillerato y fue muy precoz.

Usted era su ejemplo.
Hay gente desgraciada que dice no haber podido hacer lo que quería por los hijos. Para mí, ser responsable es ser una madre feliz y transmitir a los hijos esa felicidad. Mis padres fueron alegres y felices, y eso nos dio una estabilidad que no tuvieron otros niños que vivieron como nosotras.

¿Cuándo llegó su segundo hijo?
Estaba en pareja pero no quería más hijos porque temía no quererlos tanto como a la primera, y me daba miedo tener una relación demasiado seria con un hombre por las circunstancias que había vivido con el primero. O sea, que pese a que las circunstancia materiales eran mucho más favorables, no lo eran las psicológicas.

Miedo al compromiso.
Sí, pero diez años después seguimos juntos y acabamos de tener otro hijo. No creo en el matrimonio, no conozco ninguno feliz. Así que prefiero construir día a día y no hacer proyecciones mentales.

¿Cuándo comenzó a escribir y por qué?
En el 2006 sufrí crisis de angustia por exceso de trabajo y tuve que parar. Entonces escribí una novela para mi hija que trataba sobre su padre. Así pasé de la dispersión de los grupos de teatro a la concentración.

Entiendo...
Cuando dejo que mis personajes se desarrollen por sí solos la calidad de la escritura es mucho más alta, y eso es algo que quiero aplicar en mi vida: poner menos intención en mis acciones y más presencia y escucha, no tratar de controlar con la cabeza.

¿Es usted fruto de la vida que tuvo con sus padres?
Es muy interesante: mi hermana y yo, que vivimos la misma infancia, somos totalmente distintas: ella es profesora de matemáticas, tiene cuatro hijos y una vida previsible. Yo vivo improvisando. Ella sufrió en su infancia y se construyó de manera opuesta, yo disfruté aquella espontaneidad.

Con cierta tendencia a la marginalidad.
Lo que me hace marginal es la agresividad, el mal humor general y la falta de espontaneidad. La gente contesta e-mails, pero no recorre cinco kilómetros para ver a un amigo enfermo. Las relaciones que no aportan nada material no se valoran, y son lo mejor de la vida.




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2 comentarios:

  1. Me quedo con su última frase : " Las relaciones que no aportan nada material no se valoran, y son lo mejor de la vida " .

    Es interesante conocer distintas filosofías de vida,...

    Respeto enormemente su forma de vivir, aunque no comulgue con algunas formas externas , quizás por comodidad y egoísmo mío , pero sí admiro enormemente su pensamiento positivo, y esa nota de generosidad y libertad que la envuelve ...

    Gracias por hacernos llegar a personas como Maud Lethielleux ....

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  2. He leído con atención la entrevista y aunque la encuentro educativa, hay cosas que me cuesta compartir con Maud .

    Maud habla de la relación estrecha que ha mantenido con su hija, así como ella, mantuvo anteriormente con sus padres, pero yo me pregunto : ¿ ese mismo tipo de relación no puede darse viviendo con agua y luz de por medio ..?

    Pienso que la solidaridad , la felicidad y la alegría de vivir no están reñidas con los avances de la modernidad, .. ¿ es necesario prescindir de ellos ..?

    Creo sinceramente, que mis hijos pueden ser perfectamente felices y sentir mi amor aunque tengan una Blackberry en las manos .

    Al final de la entrevista afirma que somos capaces de escribir un sms pero no recorremos 5 km para ver a un amigo enfermo. Siento mucho no estar de acuerdo con esta información ,.... es más, lo bueno de aceptar las mejoras que la vida nos ofrece es, que pudiendo ir motorizados ,tenemos la posibilidad de recorrer mayores distancias y así ,visitar a muchas más personas que nos necesiten, ¿ no ?.

    Un beso enorme David !

    ResponderEliminar

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