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domingo, 27 de febrero de 2011

¿TE PUEDES FIAR DE TÚ INTUICIÓN?









Una voz interior, algo inexplicable… Las manifestaciones de la intuición son múltiples. Y todos, un día u otro, las tenemos o hemos experimentado.

Hay momentos en nuestra vida que nos empujan a hacer algo que no habíamos hecho, o que es poco habitual en nosotros… Responder a esa voz interior supone escuchar a la intuición. En nuestro interior disponemos de un sistema de pensamiento, muchas veces lo localizamos en el corazón, que sigue procesos que huyen de la inteligencia racional. Es tener la facultad de comprender las cosas instantáneamente sin necesidad de razonar.

La mayoría de científicos a la pregunta ¿Puede fiarse de de su sexto sentido?, responderían que no, la intuición para ellos no tiene ningún sentido.

Sin embargo el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, dice que, para reconocer el mundo exterior, nuestra conciencia utiliza cuatro funciones físicas: la sensación, el pensamiento, el sentimiento y la intuición. Y que esta última nos aporta informaciones complementarias, inaccesibles a través de los cinco sentidos.

A veces nuestra intuición no es de fiar, debido a que se han tomado nuestros deseos como realidades. No es  la intuición en si la que se equivoca, sino la proyección que uno hace de una situación concreta. Deseos que pueden empañar la verdadera intuición.

También los miedos enturbian la correcta interpretación de los mensajes de nuestra intuición. Nuestro sistema de pensamientos y valores se construye en base de creencias inconscientes como “soy incapaz de amar”, “no puedo porque soy demasiado mayor”, esas creencias limitan la correcta interpretación intuitiva.

Todos tenemos intuición y existen algunos métodos para desarrollarla.

Medita regularmente. Resérvate algún momento del día para ti.

Escucha tus sensaciones fisiológicas. Si prestas atención a las reacciones de tu cuerpo, lograras darle un significado.

Busca la calma. Haz un balance de tu día. Mírate al espejo cara a cara.

Experimenta con tus facultades. Ensaya, intentando adivinar quién te va a llamar por teléfono. Si sientes en tú interior que a alguien no le va bien, interésate.

Cultivar las facultades intuitivas se ha convertido en un deber para conseguir el desarrollo personal. No dejes pasar por alto esta “otra inteligencia”.


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martes, 22 de febrero de 2011

Dulces sueños ZZZZZzzzzzz…







Adele Enersen es una madre Finlandesa en concreto de Helsinki. Tiene una hija pequeña llamada Mila, y según sus propias palabras, su mayor hobby es intentar capturar con su cámara los sueños de su hija cuando esta duerme. Adele es publicista y desde que su hija Mila tiene apenas dos semanas, viene imaginando sus sueños de una manera maravillosa:

“Un día se durmió sobre la alfombra en una divertida postura, como si fuera una pequeña espadachina y su padre y yo nos reímos pensando que podría estar soñando con ello. Entonces mi marido, que es músico, colocó su batuta en la mano de la pequeña e hicimos nuestra primera foto de sus sueños”. Y ahí empezó todo.

Su blog personal es un hervidero de visitantes. Adele dice que ha recibido cuantiosas ofertas publicitarias de su trabajo, pero las ha rechazado porque ella lo único que hace es amar a su hija. Como he dicho, Adele no es fotógrafa, es publicista, pero con esa creatividad desbordante, apenas eso poco importa cuando lo que nos muestra son escenas tan maravillosas como estas:




















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domingo, 20 de febrero de 2011

¡Mi cara se pone como un tomate!






Como un tomate. La cara de algunas personas se vuelve literalmente roja cuando pasan vergüenza. El rubor es una reacción fisiológica natural ante estímulos físicos -cambios de temperatura, esfuerzo, consumo de alcohol…- o psicológicos -ansiedad, nervios, vergüenza…- y hay personas más propensas porque tienen la piel más clara, más fina o con mayor densidad de pequeños vasos sanguíneos.

Durante el estado de rubor, la cara se vuelve roja, la mirada hacia abajo y la persona queda inmóvil o sigue sentado y mirando al suelo. Dado que esta acción es una respuesta automática, es casi imposible de parar una vez la acción ha comenzado. De hecho, cuanto más se intenta dejar de ruborizarse, más la cara se pone roja.

Ciertas personas atraviesan un verdadero tormento cuando les salen los colores, hasta el punto de que evitan las situaciones que asocian al enrojecimiento facial.

El rubor es una reacción natural ante estímulos físicos o psicológicos, pero el miedo a sonrojarse, sobre todo en situaciones sociales, puede derivar en un trastorno mental.

Charles Darwin afirmó que el rubor es la expresión más compleja del estado emocional de los seres humanos, incluyendo la auto-atención, la vergüenza, la timidez, modestia y rubor se describe como el más peculiar de todas las expresiones.

Hay que dejar totalmente claro que el rubor ni es una enfermedad ni es un trastorno psicológico, sino que es una reacción fisiológica totalmente normal.

Calor en la cara

El rubor facial llega a producir miedo por dos vías distintas. Por un lado, porque la persona ha sido objeto de burlas o risas por ponerse colorada delante de otros, por lo que una sensación que antes era neutra (notar calor en la cara, puesto que uno no suele verse a sí mismo sofocado) empieza a ser temida.

El segundo mecanismo es del condicionamiento clásico que estudió Pavlov en su famoso perro: “Como ese rubor aparece en situaciones que producen ansiedad, por ejemplo hablar en público o cometer un error social, adquiere la capacidad de producir ansiedad”. En cualquiera de los dos casos, el sonrojo acaba convirtiéndose en una obsesión y, cuanto más se le teme, más fácil es ‘encenderse’.


Las personas que sienten vergüenza evitan las situaciones que le sacan los colores, que generalmente son sociales. Es raro que alguien esté preocupado por ponerse rojo cuando está solo en su casa; lo que le agobia es que alguien lo vea y se ría.

Existe también la ansiedad anticipatoria. La persona se tortura de antemano: “Cuando hable en clase me voy a poner colorado, se reirán de mí, pensarán que estoy nervioso, que soy raro, todos lo van a notar…”.

Como tratar el rubor o vergüenza

El tratamiento más adecuado es la exposición gradual en vivo con prevención de respuesta. En resumen, se trata de que la persona se someta a las situaciones que le producen fobia, pero gradualmente: comenzará entrenando una situación social poco agobiante para él (por ejemplo, esperar en la cola del banco), cuando la tenga superada pasará a una que le produzca más bochorno (podría ser entablar una conversación casual con un desconocido) y terminará con lo que considere el máximo de la vergüenza (una opción es intervenir en un coloquio público).

Extirpar el miedo

Ante el rubor, lo mejor es, enfrentarse a él y darse cuenta de que no es peligroso, de que no pasa nada.

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jueves, 17 de febrero de 2011

¿Te gustaría cambiar de sexo por un día?







El otro día me enviaron un chiste que además de hacerme reír, me hizo reflexionar ¿Qué pasaría si un día te despiertas siendo mujer en lugar de hombre, o en el caso de ser mujer como hombre? ¿Qué te gustaría hacer? ¿Te gustaría cambiar de sexo por un día?

Ahhh y, se me olvidaba el chiste, espero que os guste…




DIEZ COSAS QUE UN HOMBRE HARIA SI SE DESPERTARA CON UNA VAGINA: 

10. Ir a comprar inmediatamente zanahorias y pepinos. 
9. Estarse viendo con un espejo de mano por hora y media. 
8. Tener relaciones con una mujer. 
7. Ver si es posible lanzar una bola de ping pong a 40 metros de distancia. 
6. Caminar por la calle sin nada abajo. 
5. Ligarse a alguien en menos de 10 minutos… justo antes de cerrar el bar. 
4. Tener orgasmos múltiples uno después del otro sin tener que dormir antes. 
3. Ir al ginecólogo a examinarse y pedir que lo graben en video. 
2. Sentarse en la orilla de la cama y pedir senos también… 
Y la primera cosa que un hombre haría si tuviera vagina seria… 
1. Finalmente encontrar el maldito punto G. 

DIEZ COSAS QUE UNA MUJER HARIA SI SE DESPERTARA CON PENE: 

10. Jugar con su cosa nueva durante 45 minutos. 
9. Conseguir una mamada. 
8. Ver porque es tan fascinante la vagina para ellos. 
7. Hacer pipi parada y poder hablar al mismo tiempo con alguien al lado. 
6. Averiguar PORQUE no pueden atinarle al escusado constantemente. 
5. Sentir lo que es estar al otro lado de un orgasmo. 
4. Tocarse y rascarse en público sin importar que tan impropio se pueda ver. 
3. Brincar de arriba a abajo, completamente desnuda con una erección para ver si se siente tan chistoso como se ve. 
2. Entender la razón científica de lo que ocurre entre los ojos de un hombre y una regla situada al lado de su miembro en erección que causa que sea menos de 2 centímetros lo que lo separa del fin de la regla. 
Y la primera cosa que una mujer haría si tuviera un pene seria… 
1. Repetir la número 9.

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martes, 15 de febrero de 2011

La iglesia de los marinos






La tierra no se ilumina sólo por la luz del sol, sino por la paz y la Armonía de todos los que habitamos en ella.

 Ya desde pequeño me entusiasmaba ver el barrido del haz de luz sobre el mar de los faros. Y me preguntaba cómo sería la vida en ellos. ¿Resistiría la soledad del farero? ¿Me gustaría ser el punto de las miradas?

En este artículo apareció ayer en La Vanguardia, Menchu Gutiérrez nos lo describe…

Menchu Gutiérrez, novelista, traductora y poeta. Tengo 53 años. Nací en Madrid y vivo en un pueblo de Santander. Estoy casada con un farero. Soy autodidacta y he hecho cosas muy variopintas. Abogo por una mayor transparencia política, porque hay muchos impedimentos para conocer lo que realmente importa. Soy atea.


Durante 20 años he vivido en el vientre de un faro en la costa norte española...

No debe de ser fácil...
No es el espacio idílico y romántico que nos llega a través de la literatura.

¿Cómo es?
Nunca llegas a habitarlo del todo. Es fundamentalmente un espacio en el que se concentra mucha energía.

¿Por qué cree eso?
A un faro es imposible no mirarlo de día o de noche, y a la vez él mismo irradia luz, así que parece que vivas en un lugar que es encrucijada de fuerzas. Es un espacio que no es inocente, y sobre todo creo que es arquetípico.

¿Arquetipo de qué?
Para los marinos es como una iglesia, un faro te orienta y te guía, y con su morse luminoso parece que marque el tiempo.

¿Ha cambiado su luz pero no su misterio?
Primero fue el fuego de leña; luego se prendieron hogueras de carbón, y los navegantes confundían su luz con la de las estrellas. Vino después la mecha con aceite. Y ahora, aunque lo que brille sea una bombilla, sientes la antigua presencia del fuego original. Y también es símbolo de turbulencias.

¿Por qué?
Es imposible no asociarlo a tempestad, lo que hace también de él, un lugar complicado en el que vivir.

¿Recuerda tempestades?
Muchas, pero al final te quedas con una tormenta que las representa a todas.

¿A qué se parece un faro?
A un ser vivo. Cada vez que subía la escalera de caracol que lleva a la torre tenía esa extraña y secreta sensación de que caminaba por el interior de un animal, cada peldaño se correspondía con una vértebra. Y en lo alto de la torre, la luz, que es como un gran ojo.

¿Un animal amigo?
Un animal extraño. Vivir dentro de un faro produce extrañeza.

¿Veinte años de extrañeza?
Sí, siempre hay una nota extraña, en el interior de la casa se percibe el lucernario, en la noche ves como los haces barren el paisaje y tu ventana. A veces te sientes huésped, el faro te expulsa, y otras que formas parte de él.

¿Pesa allí más la soledad?
Sí, el silencio, el aislamiento, aunque tengas teléfono y ADSL, y de repente el ruido inmenso del temporal. El faro favorece la introspección, la imaginación, y exacerba la sensibilidad. Se viven cosas muy bellas, hay días que la tormenta es un regalo, pero en los días que no estás sereno quieres huir.

¿Ha pasado miedo?
Miedo físico no, pero sí miedo interior. El silencio extremo y el ruido extremo de la tempestad llevan a vivencias extremas, ponen un poco en riesgo tu integridad.

A más de un farero se lo ha tragado el mar.
Hay una historia real de un ingeniero británico del siglo XIX que me impactó. Construyó un faro de roca, una linterna en medio del océano. Un temporal se llevó al faro y al farero. El ingeniero, muy disgustado, volvió a levantar otro faro, todavía más robusto.

¿Se lo llevó el mar de nuevo?
Sí. Cuando lo construyó por tercera vez decidió irse él a vivir al faro con su mujer y sus hijas. El mar volvió a arrasar con todo.

¿Qué anda usted buscando?
Yo quiero experimentar la escritura, y para la introspección los sentidos son muy importantes. Toda la información que recibimos es a través de ellos, y si hay algo que une a mis libros es la relación con ellos.

Ha escrito usted sobre el deseo.
Sobre una mujer que realiza el acto sexual con la nieve, con la niebla, con la lluvia y con la luz del sol. Son otros planos de la realidad, ahí donde se mueve la literatura, entre la muerte, el sueño, la vigilia y esa cosa extraña que es la imaginación.

¿Cómo hacer el amor con la niebla?
Requiere un abandono en distintos niveles de la realidad, necesitas que desaparezca el yo que te constriñe.

También ha escrito sobre san Juan de la Cruz, ¿qué le ha enseñado?
Es la lectura que más me ha comunicado esa desaparición del yo. La mística es un viaje sin palabras.

¿Un viaje hacia dónde?
Hacia la raíz de las raíces.

... Y sobre el universo de la boca.
Sí: dientes, lengua, paladar, saliva y lo que se hace con la boca: la palabra, el beso, el sabor..., eran los protagonistas.

¿Le cambió adentrarse en ese mundo?
A la boca nos lo llevamos todo, “se lo bebía con los ojos”, “ese niño es tan hermoso que me lo comería”. Parece que sólo haciendo digestión de las cosas las incorporamos verdaderamente.

¿Qué ha aprendido de la vida?
La tolerancia. Creo que seguimos siendo muy misteriosos los unos para los otros, tenemos muchos pliegues, y la sinceridad es muy complicada para todos, incluso cuando creemos ser sinceros no lo somos.

Autora de libros inquietantes, ¿qué le inquieta?
¡Hay tantas realidades invisibles! Conocemos sólo el cinco por ciento del universo, el resto es totalmente desconocido, y algo parecido ocurre aquí y ahora, en la vida cotidiana, hay tantas cosas que no comprendemos y que ni siquiera vemos.

Fuente: La Contra de La Vanguardia

Templos de luz
No es fácil hablar con esta mujer acostumbrada al silencio, 20 años viviendo en un faro del norte de España imprimen carácter; sobre todo si ya vienes de otro faro todavía más aislado y tormentoso. Su marido es pintor y ambos decidieron convertirse en fareros, aislarse para crear. Fruto de esos años de introspección es su relato 'El faro por dentro' (Siruela), donde desde el último día de su estancia reflexiona sobre lo sentido: "Muchas veces he tenido la secreta sensación de que el faro era un ser vivo, un animal inmovilizado por un hechizo (...) Otras veces, la torre se convertía en un templo consagrado a una realidad extraña, en la que la materia a la que se rendía culto era la luz"

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