Google+ Followers

martes, 9 de noviembre de 2010

UN CORAZÓN LLENO DE ESTRELLAS






UN CORAZÓN LLENO DE ESTRELLAS
Un relato sobre el poder ilimitado del amor

Selonsville, 1946. La crudeza de un invierno largo y frío se resiste a abandonar la ciudad que se recupera de las heridas de la guerra.

En un orfanato Michel y Eri, amigos inseparables, contemplan desde el tejado el cielo nocturno. Ninguno de los dos sabe que, a la mañana siguiente, Eri no despertará. Ha entrado en coma profundo y los médicos son incapaces de encontrar una solución que le devuelva la vida. Sólo Michel podrá cambiar el destino de la niña guiado por los consejos de una sabia anciana. El pequeño tendrá que localizar a nueve personas y confeccionar con retales de su ropa un corazón. Pero para que éste funcione necesita encontrar el secreto del amor ilimitado, que se esconde en lo más profundo de su alma.

Copio la introducción del libro. Una verdadera historia de AMOR…






Introducción Desde Japón con amor

Mi hija Mariona nació con un grave problema de corazón. Nunca olvidaré las palabras del médico en el Hospital de San Juan de Dios tras un primer diagnóstico: «No sabemos si tu hija vivirá y, si vive, no te puedo decir cómo quedará».

Eran las tres de la madrugada del martes 26 de julio de 2005, apenas una hora después de que la pequeña saliera del vientre de su madre.

Mariona había nacido dos semanas antes de lo previsto. El parto fue provocado en una revisión rutinaria de Mónica, su madre, pues apenas se detectaba el latido de la pequeña. Esa revisión rutinaria le salvó la vida. Unos días más en el vientre y mi hija no estaría hoy viva.

El 25 de julio yo debía partir hacia Japón en un viaje que duraría cinco días, con margen suficiente para regresar dos semanas antes del nacimiento previsto. Pero los acontecimientos lo impidieron. Recuerdo que escribí un e-mail a Naomi Saito, mi editora en Japón.

Le informé de que, como era obvio, al estar nuestra hija gravemente enferma en la Unidad de Cuidados Intensivos, debía cancelar la presentación de Los siete poderes en el país nipón que con tanto cariño y entusiasmo había acogido a La Buena Suerte.

Estuvimos cerca de cuatro semanas en el hospital, las dos primeras con Mariona conectada a numerosas máquinas que la asistían para vivir, que drenaban el agua de su cuerpo, que la alimentaban, la ayudaban a respirar y a controlar los latidos de su corazón.

Vi el sufrimiento de otros padres con sus recién nacidos debatiéndose entre la vida y la muerte.

Recuerdo el ritual de ver a nuestros hijos cada tres horas de día y de noche. También recuerdo que nos lavábamos manos y brazos con esmero y nos poníamos el gorro, el mono y los protectores de los zapatos de un color verde que tengo grabado en la memoria. El olor de ese espacio, las enfermeras que cuidaban a los pequeños, los médicos y sus visitas, el pitido de las máquinas…

Pero sobre todo recuerdo aquellos pequeños cuerpos, frágiles y preciosos, debatiéndose entre la vida y la muerte. Y aún hoy muy a menudo me pregunto qué habrá sido de las vidas de esos bebés y de sus padres. Y también a menudo rezo por su alegría, por su salud, porque hayan salido adelante con fuerza y amor.

Tras dos semanas críticas la salud de Mariona dio un giro repentino y comenzó a recuperarse a ojos vista. La tercera semana la pasamos ya fuera de la UCI, en una sala próxima bajo el amable y atento cuidado de aquel extraordinario equipo de profesionales de San Juan de Dios, para quienes siempre me faltarán palabras de gratitud y reconocimiento.

Ese tiempo, desde el 26 de julio hasta finales del mes de agosto, mi vida se limitó a una suma de viajes de ida y vuelta entre el hospital y la casa de mi cuñada, Ana Tarrés, que generosamente nos brindó su hogar y adónde íbamos a recuperar fuerzas en apenas unas horas de sueño para volver al lado de nuestra hija.

Cuando Mariona recibió el alta, regresamos por fin a casa. Recuerdo que abrí mi ordenador después de un mes apagado y entraron centenares de correos electrónicos, que fui repasando en una lectura rápida hasta que me detuve en uno de ellos que me llamó la atención.

Provenía de Japón. Lo firmaba Naomi Saito, de la extraordinaria editorial Poplar, promotora del éxito de La Buena Suerte en ese país.
 En él la editora adjuntaba centenares de muestras de apoyo por la salud de Mariona recogidas en Japón tanto entre profesionales de la editorial como de lectores y amigos.

Aquellas palabras en japonés, inglés y también en castellano eran muestras de apoyo, oraciones, palabras de aliento para la pronta recuperación de nuestra hija. Tardamos días en completar la lectura de ese correo. No sólo por la cantidad de textos recogidos por Naomi y su equipo, sino porque la emoción nos impedía avanzar en la lectura.

Pocos días después llamaron a la puerta de casa. Mariona evolucionaba bien y, a pesar de algún susto, iba ganando peso y se la veía cada día mejor.

Cuando abrí la puerta, un mensajero me entregó una caja. El remitente era también Poplar desde Japón. Dentro de ella encontré un osito de ropa tejido con retazos de diferentes estampados, texturas y colores que sostenía un trébol de cuatro hojas entre las manos. Era un osito de apenas quince centímetros de altura, y era evidente que había sido cosido por una mano amorosa y experta, porque era impecable, original, muy bello.

Al lado del osito, recostado en una de las paredes de la caja, había un sobre. Lo abrí y encontré un texto en japonés con una carta adjunta con la traducción al inglés.

La carta decía lo siguiente:

Queridos Álex y Mónica:

¿Es un niño o una niña? nos preguntábamos sobre vuestro bebé justo cuando recibimos las dolorosas noticias.

Sentimos una gran tristeza por lo que estáis viviendo, porque también nuestra pequeña Kokoro nació con una rara enfermedad.

«Aunque no haya duda de que nuestra hija va a morir, ¿qué nos queda si no creemos en ella?». Ésas fueron las palabras de mi marido cuando yo estaba presa del pánico.

Sus palabras aún perviven en mi corazón.

Toda mi familia ha leído tu libro La brújula interior. Siempre nos has transmitido fuerza y coraje. Y por ese motivo te estamos profundamente agradecidos.

Desde nuestros corazones la familia Suzuki reza por la pronta recuperación de vuestro bebé.

Este osito que tenéis en las manos ha sido hecho con las prendas que Kokoro, nuestra hija, vistió al nacer durante su larga estancia en el hospital. Fueron el regalo de un médico, que nos dijo que le sabía mal ver que siempre llevaba la misma ropa, los vestidos blancos con los que se viste a los pequeños que acaban de nacer.

Kokoro fue la primera niña en Japón que nació con una enfermedad tan extraña.

Pero sobrevivió a esa difícil circunstancia.

Y yo sé que la fuerza y el poder de Kokoro aún residen en la ropa que la abrigó y con cuyos retazos hemos creado este pequeño osito de ropa.

Lo hemos cosido Kokoro, Sara y yo misma. También mi marido nos ayudó a ello.

El trébol de cuatro hojas lo encontraron mis hijas.

Por favor, guardadlo con mucho amor.

Vuestro bebé está luchando para vivir.

Rezamos para que sane lo antes posible.

aTsuko Suzuki

No podía parar de llorar. Entregué la carta a Mónica, que aguardaba a mi lado mientras me preguntaba qué decía.

Yo no tenía palabras.

Ella la leyó y también se emocionó profundamente.

Atsuko Suzuki es la madre de Kokoro. 

Atsuko escribió la historia de cómo Kokoro, ahora adolescente, tras leer el libro había cambiado su actitud ante la vida y se mostraba con más fuerza interior para afrontar el desafío de vivir a pesar de su enfermedad.

Recuerdo que cuando vi a Kokoro con su familia sentí que aquella niña era, literalmente, un ángel. Un ser sumamente especial, lleno de luz y de amor. No por casualidad Kokoro, en japonés, se puede traducir como «corazón» o «alma».

Ese nombre reflejaba con claridad a aquella joven de mirada serena y profunda.

El destino nos había reunido y la generosidad de Kokoro, de su hermana Sara y de sus padres se había traducido en un pequeño osito de ropa cosido con retales de los vestidos que la pequeña Kokoro había llevado en sus primeros días de vida. Todo gracias a la generosidad de un médico que quiso dar esperanza, mediante el color en el vestido de su bebé, a unos padres ante una situación de enorme dolor e incertidumbre.


Cada uno da lo que recibe.
Luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.
Todo se transforma.

Así reza el maestro Jorge Drexler en Todo se transforma, una de las canciones más bellas que jamás he escuchado. Este libro sigue el aforismo de Jorge. Decidimos escribirlo un día que conté esta historia a Francesc Miralles, amigo del alma y coautor del libro que tienes en las manos.

Le dije: «Quisiera contar una historia que navegue por las principales dimensiones del amor, Francesc.

Una historia hecha de retales de amor para la esperanza, la belleza y la generosidad, un libro para las buenas personas. Un relato inspirado en una historia de amor que nace en Japón y acaba en España».

Tras cinco años aquí tienes el libro ya en las manos.

Un corazón lleno de estrellas es un homenaje a tantas personas que a partir de entonces me han enseñado a amar.

No quisiera acabar esta introducción sin mencionar algo importante, algo que me llamó poderosamente la atención mientras estaba en la UCI, un día que nuestra hija había tenido una crisis cardiaca tres días después de nacer.

Un médico entró en la sala y se acercó a un bebé, quizá el ser más delicado de todos los que había allí. Recuerdo que era un niño prematuro, muy pequeñito, extraordinariamente frágil. Estaba dentro de una incubadora e infinidad de catéteres y cables llegaban y partían de su cuerpo. El médico siguió todo el protocolo de supervisión de las máquinas que lo asistían para asegurarse de que todo iba bien.

Cuando acabó, se arremangó y se sentó en una silla al lado de la incubadora. Introdujo los brazos con suma delicadeza y comenzó a acariciar la sien del bebé mientras entonaba una nana, una canción de cuna con suma ternura...

Pocas veces he creído tanto en el ser humano como entonces.

Ese gesto de afecto ante la vida que lucha por salir adelante. Esa canción tierna cantada por un hombre mayor. Aquel médico de gran prestigio con el pelo cano que se olvidó de su rol de «doctor» para ser profundamente humano y dar amor. Todo eso era la mejor medicina para aquel pequeño ser y me conmovió como pocas cosas lo han hecho en esta vida.

Y a ti, amiga y amigo lector, porque si estás leyendo esto no es por casualidad. Dedico este relato a tu corazón, que a buen seguro está también lleno de estrellas.

Con cariño, domo arigato gozaimás*.

Álex RoviRa Celma
* «Muchísimas gracias», en japonés.

También te puede interesar:

LA ALARGADA SOMBRA DEL AMOR de MATHIAS MALZIEU



5 comentarios:


  1. Hay que ver cómo pasa el tiempo... Parece que fue ayer cuando entrábamos, varias veces cada día, en el blog de Àlex para dejar allí nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestro cariño en definitiva, hacia nuestro buen Amigo y su familia en tan delicados momentos... Tardó unos cuantos días, pero acabó volviendo multiplicado por diez con cada buena nueva que recibíamos sobre Mariona.

    A través de la sabiduría de su querido papá, aprendimos mucho de esa niña porque nos enseñó - con coraje y en silencio - cómo un frágil hilo puede ser suficiente para atar un Alma a la Vida cuando ésta es sujetada por los lazos del Amor.

    Estoy segura que, como todas las anteriores, ésta será una obra de las que nacen en el corazón y fluyen con dulzura por nuestro interior, tocando con su luz algunas fibras dormidas, mientras nos hacen reflexionar sobre lo verdaderamente esencial...

    Gracias por compartir tan buena noticia y tan bella historia ♥ Margarida

    Nota: Me encanta el papel tapiz de tu blog ;-)

    ResponderEliminar
  2. Gracias Margarida!!! Es una bellísima historia de amor, amor de unos padres por su hija, amor de unos amigos lejanos que han unido sus almas con el sentimiento de sufrimiento.

    Un abrazo muy largo,
    David

    ResponderEliminar
  3. EL ALMA NUNCA OLVIDA...MUY BENO TU BLOG ....SEGUIRE VISITANDOTE.
    TE INVITO A SEGUIR EL MIO

    farmaciaparaelalma.com

    ResponderEliminar
  4. tengo el mismo sentir que Alex, tambien tuve ami hijo enfermo y una ve tanto amor en las enfermeras, medicos, gente que ni te conoce y se entregan en cuerpo y alma, tratan a tus hijos como si fueran propios, nunca pense que habia gente tan bella en este mundo, por algo creo que hay que pasar todo esto, porque lo que se aprende es muy bello, Amar, amar y Amar, gracias.

    ResponderEliminar
  5. Gracias a ti por compartir este bonito mensaje hacia los médicos y enfermeras.

    Un abrazo muy fuerte,
    David

    ResponderEliminar

Las 10 gotas... más leídas en la última semana

Las 10 Gotas... más populares