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domingo, 6 de junio de 2010

VIVIMOS ACELERADOS…




“Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir
Robert Louis Stevenson



Vivimos en una sociedad donde el consumo no se limita a las cosas que compramos. También consumimos relaciones, cada vez más efímeras. Consumimos nuestra agenda, que rebosamos de compromisos y actividades. Consumimos tiempo y recursos en una carrera contra el ritmo natural de la vida.

Somos la generación del café instantáneo, la sopa de brick, o la comida preparada, por la urgencia que aplicamos a todos los actos cotidianos de nuestra vida. Vivimos la cultura de la impaciencia, que en estos días llega a su zenit. Se empezó a gestar con la revolución industrial.

Nuestra generación valora el éxito rápido, los resultados a cortísimo plazo, ¿pero vivir así nos hace más felices? Hasta que punto hay placer también en la espera y calidad en la espera. Antiguamente la paciencia y la lentitud se consideraban virtudes capitales para hacer grandes obras. La precipitación genera estrés, angustia y frustración.

La sociedad de consumo devora fugacidades, consume cosas y personas.

Nuestra sociedad es cada vez más exigente, más desbordante en ofertas que se mueven a velocidad de vértigo y nosotros con ella. Nuestros días se vuelven una carrera contra reloj, donde intentamos con mucha trabajo ganarle tiempo al tiempo y en esta tarea empleamos mucha de nuestra energía tanto física como anímica.

Acabamos el día agotados, para levantarnos mañana y continuar la atlética actividad y así trascurren los días, uno detrás del otro. Os hago una propuesta, apretar la tecla de pausa durante unos cinco minutos, para ver todo lo que pasa en  vuestro entorno como si fueseis espectadores enfrente un televisor.

Mira y observa atentamente como crecen tus hijos, la atención que os piden, la amabilidad y la estimación que tienen muchos de los que os rodean, pareja o amigos, a los que con dificultad prestáis atención.

Siente el Sol, el aire, el sonreír de la gente o el verde de la primavera, se tu mismo durante cinco minutos, sin prisa y sobre todo, diviértete.

Te has planteado que puedes llegar al mismo lugar cinco minutos más tarde pero gozando del camino.

Podemos ir a 200 km por hora por la autopista con la vista fija en la carretera y deseando llegar al destino o reducir la marcha para gozar de un paisaje precioso, para después poder recordarlo y explicar lo que hemos visto a generaciones futuras.

La decisión de regalarnos tiempo aunque solo sean cinco minutos siempre es nuestra, es poco tiempo pero la diferencia es enorme, disfrutar de nosotros mismos.

A veces olvidamos que nuestra vida tiene un valor autosuficiente: lo importante es vivir.

Es cierto que los seres humanos hemos de buscar, además, un sentido a nuestra existencia. Y ello hace que vivamos proyectados hacia la consecución o el logro de aquello que, suponemos, nos da sentido y felicidad.

Pero ocurre con mucha frecuencia que confundimos fines y medios. Es importante vivir para, porque ello introduce una intencionalidad a nuestra vida. Pero se nos olvida que, antes, hemos de vivir. Simplemente, vivir…

Queremos que nuestros hijos sean los primeros en el cole. Les exigimos avances rápidos, en poco tiempo. Les robamos el tiempo. Nos convertimos en devoradores de fugacidades. Devoramos cosas y personas. Cada vez más exigentes, nos movemos a una velocidad de vértigo, entre miles de ofertas. Nos convertimos en una carrera contrarreloj donde intentamos ganarle tiempo al tiempo.
Vivimos en una generación que lo quiere todo ya. No tiene la paciencia de poner el café en la cafetera. Colocar el filtro. Encender el fuego y esperar a notar el aroma y el silbido. Todo ha de ser instantáneo. La impaciencia (La impaciencia se encuentra en la base de la mayoría de trastornos psicológicos) va en aumento en nuestra sociedad.

Necesitamos educar la habilidad de tolerar la frustración, la soledad o el aburrimiento. La frustración surge cuando las cosas no suceden como yo quiero, en el momento que yo quiero y cuando lo quiero. Consumimos la inmediatez, la consumación de nuestro deseo. La gestión del tiempo tiene que ver con la manera como gestionamos nuestros deseos y las expectativas de frustración que puede significar no conseguir aquello que deseo.
Eduquemos en la digestión de la frustración. Eduquemos en la tolerancia del fracaso. En el poder del error y del tiempo.

Pero la experiencia nos dice que la dicha está hecha de cosas pequeñas, esas que Jean-Louis Servan Schreber llama la “calderilla de la felicidad” disfrutar de un día espléndido, escuchar una melodía que nos trae buenos recuerdos, recibir la sonrisa de un desconocido… momentos amables al alcance de cualquiera que pueden hacernos más felices que los grandes.
  
El hombre corriente, cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla 

1 comentario:

  1. Sé lo que es vivir así, sin tiempo para nada y teniendo que abarcar todo, queriendo ser el primero en llegar y el último en irse, dejando pasar los días siempre en busca del éxito laboral y olvidando conquistarnos a nosotros mismos, sin ser dueños de nuestro tiempo y sin disfrutar ni siquiera una comida, siempre deprisa, siempre corriendo. Me bajé de ese tren el mismo mes de Diciembre que perdí un embarazo por estress, supe que no era justo formar una familia bajo esas condiciones. Hay días que me pesa, pero son más los días que me siento feliz de ver crecer a mi hija y no perderme nada de sus primeros años. Hoy día trabajo parcial y tengo proyectos que puedo sacar desde casa, es cuestión de establecer prioridades y dar a cada cosa su lugar e importancia. La vida laboral no debería implicar tanto desgaste.

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