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domingo, 2 de mayo de 2010

LA OBESIDAD, el problema está en la mente



Nuestra conducta con los alimentos es un índice de la relación que tenemos con la vida y el placer de vivir. Tras tu fracaso amoroso, el quedarte sin trabajo, tras una pérdida de un ser querido o amigo,  no has visto nuevas ilusiones por la que seguir luchando, te has sentido mal, y te has negado el derecho de ser feliz. Has preferido dejar de comer o al revés compensas tu infelicidad con las ansias de comer en exceso.

El otro día leí en La Contra de La Vanguardia una entrevista que ilustra perfectamente como las emociones nos incitan a engordar para intentar apagar nuestra tristeza, nuestro malestar emocional.




Miguel Muñoz, fundador de la Asociación Nacional de Obesidad y Sobrepeso. Tengo 43 años. Nací y vivo en Málaga. Soy uno de los cuatro millones de desempleados españoles. Estoy casado y tengo dos hijos, Miguel, de 21 años, de una primera relación, y Selene, de 14, mis dos maravillas. Defiendo la política social. Soy católico no practicante

"Se me rompió la silla y me puse a llorar como un niño"

De bailarín profesional a pesar 179 kilos. 

Tenía 23 años, recorría el mundo con el ballet Zoom. En el escenario era felicísimo, pero cuando me bajaba, la cosa no funcionaba.

¿Qué no funcionaba? 

La relación con la madre de mi hijo era muy mala, me sentía solo, los techos de las habitaciones de los hoteles se me caían encima, así que me iba a comer y empecé a tener unos descontroles alimenticios tremendos.

¿La comida le controlaba? 

Sí, me escondía para comer, no quería ir a cenar con mis compañeros para que nadie me viera devorar. Me caían unas broncas terribles y decidí abandonar lo que más amaba: la danza. Pasé del glamur del espectáculo a ser vigilante de seguridad en Málaga. Pasaba las noches en una envasadora de cemento oscura y triste.

¿Durante cuánto tiempo? 

Pasado un año y medio tuve una segunda oportunidad: me llamaron para ser coreógrafo de un ballet para Televisión Española, pero seguía sin encontrarle sabor a la vida y abandoné definitivamente. Y seguí comiendo más y más.

Pero encontró a Susana y se casaron. 

Rondaba los 100 kilos y lo que más feliz me hacía era hacerla feliz a ella, pero seguí engordando.

¿Y Susana no le decía nada? 

No, y eso es lo que me ayudó. Una persona obesa, desde que sale por el portal de su casa, está recibiendo miradas. Llegas al trabajo y todos están pendientes de tu bocadillo, y todos son expertos en nutrición: "¡Hombre!, eso no te conviene". Vas al bar de abajo y te ocurre lo mismo, y con tu madre, tu hermano, tu amigo..., todo el mundo opina.

... Como si usted no lo supiera. 

Durante todo el día, todos los días, estás recibiendo comentarios sobre lo que debes y no debes comer. Si te da un ataque de ansiedad y tu pareja te ve devorando el paquete de galletas, ella sufre, pero como se le ocurra decirte: "Ya estás otra vez con las galletas", en el 99% de los casos el gordo se tomará dos paquetes. Necesitas destruirte.

Duro para quien está a su lado. 

Sí, mucho, y cuando te miras en el espejo te preguntas: "¿Cómo puede hacer el amor conmigo?". Deseas morir, y ese pensamiento es recurrente, consecuencia de esa tristeza que llevas y que no tienes localizada.

¿Cómo salió de ahí? 

Me di cuenta de que mis días se acababan, engordaba ocho kilos por mes. Ningún régimen de todos los que intenté funcionó, perdía 5 kilos y ganaba 10, como le ocurre a la mayoría. Era un absoluto descontrol.

¿Por qué? 

La obesidad es una enfermedad crónica y requiere un cambio de hábitos. Pero primero tuve que pasar por el quirófano para hacerme una reducción de estómago. Al ritmo que iba, me quedaban meses de vida.

¿Ya ha entendido por qué se castigaba?

 
Porque quería más al mundo que a mí. Si ciertos malos capítulos de tu vida los recuerdas día tras día, acabas infravalorándote. La relación tormentosa con mi primera pareja me quitó la fuerza para luchar por lo que más deseaba: bailar. El mundo está lleno de gordos que fueron delgados malqueridos.

¿Cuál es el sentimiento predominante?

 
El aislamiento. Yo siempre he sido sociable, pero una simple mirada de desprecio hacía que me pasara tres días encerrado en mi casa. O lo típico: que se te rompa una silla en un restaurante.

¿Le ha ocurrido? 

Sí, y me puse a llorar como un niño, de la pena y de la vergüenza. La música de fondo son risas, mofa, cachondeo, y tú piensas: "Soy un puñetero desgraciado". El resultado: tres días en la cama. No te duchas ni te afeitas. No levantas la persiana. No quieres hablar con tu pareja ni con tus hijos. No comes, casi no bebes agua. Quieres enterrarte.

Duro. 

A mí me vienen mujeres sin arreglar y yo les digo a esas gordas, algunas guapísimas: "Arréglate, tienes tanto derecho como las más delgadas. Y sobre todo no se te ocurra tapar los espejos"; eso es muy típico, no quieres verte.

Cuando miramos a un obeso no vemos todas esas cosas. 

Lo sé. El día que nació mi hija, para entrar en el quirófano me dieron una bata que no me cabía: los pantalones me iban como mis mallas de baile. Iba hacia el paritorio y veía a los propios médicos hacer la sonrisita cuando se cruzaban conmigo. Y cuando entré en el paritorio todos se giraron. La sensación fue de tierra, trágame.

Pero ahí estaba. 

Un hombre ridículo, pero acompañando a mi mujer y dándole la bienvenida a mi hija.

Sí señor. 

En un vuelo Madrid-Málaga me sentaron junto a la salida de emergencia. "¡Usted no puede estar ahí, con ese cuerpo!, ¡levántese!", dijo la azafata con mal tono. Y ahí estaba, en medio del pasillo sin saber si contestarle, bajarme del avión o, de nuevo, llorar.

Y todas las miradas clavadas en usted. 
Me llevaron a la cola del avión, donde un gordo molesta menos. Caminé por el pasillo y el pasaje se iba dando la vuelta para mirar mi cuerpo. Eso es..., eso es...

Humillante. 

Esas son las situaciones que pueden hundir a un gordo y quitarle esa sangre que necesita bombear para seguir adelante. 

Nunca antes me había metido en la piel de una persona obesa, no había alcanzado a considerar el esfuerzo de ponerse los pantalones cuando pesas 200 kilos, pero lo que es peor: jamás me había parado a sentir la humillación de las miradas socarronas, el desprecio y la mofa; la incomprensión. Miguel, que tiene el deje y la gracia del malagueño, habla con soltura y sin afectación de lo que siente "un gordo", y lo explica también en su libro No hay mallas para un gordo (Integral). Cómo pasó de bailarín de éxito a obeso, cómo tocó fondo y pudo recuperarse. Luego montó Andos, una asociación sin ánimo de lucro de apoyo psicológico, terapia de grupo, entrenamiento... "Yo estoy ahí, caminando con ellos". 



¿Cada vez que decides cuidarte, la ansiedad te lleva a la nevera una y otra vez? ¿Comes más cuando te invade la tristeza o la soledad? Tu verdadero problema no está en el cuerpo, sino en la mente. 

2 comentarios:

  1. Muy interesante, en mi caso ha sido siempre al revés, la ansiedad no me permitía comer, en general cuanto más nos preocupamos más engordamos o adelgazamos, si dejamos que suceda naturalmente el peso se vuelve normal, es mi experiencia, claro.
    Besos:)

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  2. A mí me daba por comer dulces en exceso, pero las gotitas de armonía me ayudaron a dejar de atiborrarme de dulces casi todos los días.
    Y más triste que una persona con sobrepeso es la gente que hace de eso un circo y se burlan y menosprecian.

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