Hoy quiero compartir con todos la experiencia de Mercè Castro. Os copio con mucha ilusión las palabras de Mercè, ella nos habla de cómo vivió la muerte de uno de sus hijos, de su duelo, pero también de renacer, de afrontar la vida de nuevo.
Después de la muerte de un hijo es preciso un trabajo interior para volver a la vida. Al principio el dolor nos paraliza, nos quedamos tan vacías, tan alejadas de este mundo, que levantarse de la cama es casi como escalar el Himalaya y salir a la calle una heroicidad. Al menos eso me pasaba a mí todos los días durante los primeros meses y luego de vez en cuando durante algunos años.
Todas las pérdidas producen dolor, pero yo nunca me había enfrentado a un dolor así, tan grande que sólo te deja dos alternativas: o te agarras al amor o te quedas muerta en vida. Apostar por el amor, que es lo mismo que apostar por la vida, requiere ese trabajo interior que nos transforma tanto como a los gusanos de seda en mariposas.
El proceso es largo, tan largo como el duelo y más. Pero como todos los grandes viajes se inicia con un primer paso. Este primer paso es la voluntad de salir adelante, sin regatear lágrimas ni esfuerzos. Y me refiero a esa voluntad silenciosa y profunda, más fuerte que nosotras.
Si optamos por la otra alternativa, la de quedarnos con la rabia, el dolor, la frustración, la culpa o la pena, no sólo malgastamos nuestra vida, también ensombrecemos a los que están a nuestro alrededor y a todas las personas que nos quieren, estén aquí o en el otro lado.
Nuestros hijos, los que se han ido, han sembrado semillas de amor en nuestros corazones y nos toca a las madres y padres que nos quedamos regarlas en su nombre para que florezcan.
El segundo paso para volver a la vida, para florecer, requiere precisamente eso: desprenderse de la rabia, que es la otra cara de la pena.” Donde hay rabia hay pena y donde hay pena hay rabia escondida”, me decía mi amiga Amelia, fisioterapeuta y profesora de yoga, mientras me ayudaba a sacar el dolor que llevaba dentro.
El duelo sirve para poner orden a nuestras emociones, para limpiar todos los rincones de nuestra alma; para sentir todo lo que no hemos querido o podido sentir antes.
Cada una de nosotras, a su manera, tiene que revisar y elegir lo que le es útil para vivir y deshacerse de lo que le estorba. Todas hemos heredado penas o maneras de hacer que no son nuestras. Yo, por poner dos ejemplos, aprendí de pequeña a sufrir por sufrir como mi abuela y a ser capaz de agotarme hasta enfermar como mi madre… y eso no lo quiero, no me sirve para volver a amar la vida. Todas hemos recibido mucho de nuestras familias y ahora, después de la muerte de nuestro hijo, no tenemos más remedio que quedarnos con los dones y devolver con cariño las cargas. Y ese trabajo arduo es también una bendición porque con el tiempo nos permite vivir más felices y dejar una herencia más valiosa y ligera.
Todas las pérdidas producen dolor, pero yo nunca me había enfrentado a un dolor así, tan grande que sólo te deja dos alternativas: o te agarras al amor o te quedas muerta en vida. Apostar por el amor, que es lo mismo que apostar por la vida, requiere ese trabajo interior que nos transforma tanto como a los gusanos de seda en mariposas.
El proceso es largo, tan largo como el duelo y más. Pero como todos los grandes viajes se inicia con un primer paso. Este primer paso es la voluntad de salir adelante, sin regatear lágrimas ni esfuerzos. Y me refiero a esa voluntad silenciosa y profunda, más fuerte que nosotras.
Si optamos por la otra alternativa, la de quedarnos con la rabia, el dolor, la frustración, la culpa o la pena, no sólo malgastamos nuestra vida, también ensombrecemos a los que están a nuestro alrededor y a todas las personas que nos quieren, estén aquí o en el otro lado.
Nuestros hijos, los que se han ido, han sembrado semillas de amor en nuestros corazones y nos toca a las madres y padres que nos quedamos regarlas en su nombre para que florezcan.
El segundo paso para volver a la vida, para florecer, requiere precisamente eso: desprenderse de la rabia, que es la otra cara de la pena.” Donde hay rabia hay pena y donde hay pena hay rabia escondida”, me decía mi amiga Amelia, fisioterapeuta y profesora de yoga, mientras me ayudaba a sacar el dolor que llevaba dentro.
El duelo sirve para poner orden a nuestras emociones, para limpiar todos los rincones de nuestra alma; para sentir todo lo que no hemos querido o podido sentir antes.
Cada una de nosotras, a su manera, tiene que revisar y elegir lo que le es útil para vivir y deshacerse de lo que le estorba. Todas hemos heredado penas o maneras de hacer que no son nuestras. Yo, por poner dos ejemplos, aprendí de pequeña a sufrir por sufrir como mi abuela y a ser capaz de agotarme hasta enfermar como mi madre… y eso no lo quiero, no me sirve para volver a amar la vida. Todas hemos recibido mucho de nuestras familias y ahora, después de la muerte de nuestro hijo, no tenemos más remedio que quedarnos con los dones y devolver con cariño las cargas. Y ese trabajo arduo es también una bendición porque con el tiempo nos permite vivir más felices y dejar una herencia más valiosa y ligera.
Nos toca, aunque parezca mentira, romper la cadena del sufrir, porque sufrir no sirve para nada. Hemos de aprender a querer sin condiciones, a abrirnos a lo que venga, porque la vida trae de todo, esa es su esencia. A veces, como el mar, amanece tranquila y nos envuelve su dulzura y la paz se apodera de nuestra alma… hasta que se levanta viento y casi sin darnos cuenta volvemos a tener encima la tormenta. Embravecido o en calma, el mar siempre es el mar. ¿Para qué pedir imposibles? Mejor amar lo que tenemos. Buscar la hermosura en todo. Llorar sin freno y reír con ganas. A nadie tenemos que dar explicaciones, ni a nosotras. Para andar por la vida, con saber dar y recibir cariño basta.
La muerte de un hijo, sin más, a nadie hace mejor persona, lo que sí puede ayudarnos a ser más sabias es lo que hacemos con esa muerte tan sentida. No hay prisa, tenemos toda una vida por delante para reaprender a vivir.
Ser madre es lo mejor que me ha ocurrido en la vida y no me siento menos madre porque uno de mis hijos no se encuentre aquí. Persigo la felicidad de los míos estén donde estén. A Jaume tengo la suerte de poder tocarle, con Ignasi los abrazos tienen lugar en mi corazón, son virtuales, pero de ninguna manera menos intensos. A Jaume le digo a menudo que le quiero y a Ignasi también. Ni uno porque está vivo ni el otro porque está muerto ocupa más mi corazón. A uno procuro enseñarle a vivir y al otro a vivir en paz allá donde esté y eso me hace feliz. Pero este sentimiento de amor va más allá y, cuando se apodera de mí, me parece que todos los niños del planeta son hijos míos, todas las mujeres mis hermanas y cualquier persona mi amigo.
El tercer paso para amar la vida para mí es perdonarme y perdonar tantas veces como haga falta. Porque me equivoco y mucho y hay días en que todo lo que escribo aquí parece que lo haya escrito otra. Los disgustos se convierten en un nudo en el estómago y vuelve a aparecer el miedo. ¡Nos conocernos tanto el miedo y yo! Se podría decir que somos íntimos. Por eso, porque nos miramos de cara, nos tenemos respeto. Cuando viene a visitarme por cualquier cosa, siempre me coge por sorpresa y enmudezco. Su paciencia es infinita y me da tiempo a convocar el insomnio, a sentir en el pecho la angustia, a verlo todo negro… Luego nos miramos a los ojos y los dos sabemos que hemos de separarnos, que no estamos hechos para vivir juntos. Es como esos amantes tan intensos que no nos sirven para marido.
Si deseais contactar con Mercè Castro lo podréis hacer en su blog "cómo afrontar la muerte de un hijo"...
http://comoafrontarlamuertedeunhijo.blogspot.com/



Gracias por compartir este texto tan lleno de ternura y de amor.
ResponderSuprimirUn abrazo
Me siento tan identificado con estas palabras porque es lo mismo que me esta ocurriendo tanto a mi mujer como a mi no sabemos cuanto tiempo podra vivir nuestro hijo, pero lo que no se es como podremos superarlo despues. Es antinatural tener que enterrar a tu hijo y tu quedarte no quiero ni imaginarlo aunque se que ese momento no tardara mucho en llegar.
ResponderSuprimirQue hermosa publicaciòn. Y asì es la vida, momentos bellos que pareces tocar el cielo y momentos que no te provoca vivir ni sentir, ni ser ni estar, ni tener a nedie cerca. Pero es como dice ella, la vida no deja de ser vida porque tengamos que atravesar situaciones difìciles que nos invitan a la rabia por no entender porque debemos pasar por eso. Aùn cuando exista un dolor tan profundo que atraviesa el alma y nos queme por dentro, hay que levantarse, erguir la mirada y seguir el camino como guerreros de luz que somos.
ResponderSuprimirMerçè, tuve la suerte de escucharte,e intercambiar emociones contigo y tu marido, en la fundació ACOMPANYA , CA N ´EVA.
ResponderSuprimirSoy marina de cadaquès, perdì hace 2 años a Marc , con 14 años a causa de un accidente de moto...
Merçè hoy me he acordado de tu blog...cuanto me ha gustado leerte!!
estoy mal ...aún no consigo querer agarrarme a la vida..
la ràbia aùn la siento en mi....y ..sì como dices , con ràbia hay pena..
pero le añoro tanto!!
tengo a sandra y sì como dices tù, les quiero a los 2 igual...
pero merçè, me irè de estas vida sin tener a mi hijo fisicamente
a mi lado..
sin haberle visto crecer ...mis ilusiones en mis hijos se han quedado
reducidas al 50%, solo podrè ver crecer y descubrir lla vida con sandra,
marc se ha perdido todo!!
aun me pregunto porque??
No entiendo nada de esta vida..y no creo en otra..
un abrazo .
marina
mama de marc milà noguer.
Hola Mercè;
ResponderSuprimirTe he conocido a través de LLuisa Sanmartin, tenemos una amiga en común y ella nos ha puesto en contacto.
Mi hija murío el día 16 de este mes con 15 años en un accidente de moto, y creo que nunca más en mi vida sufriré dolor más grande que el que siento ahora.
Solo quería saber si podrías ayudarme de alguna manera a sobrellevarlo o a volver a aprender a vivir.
Eres una mujer fuerte, yo creía que también lo era.... pero el mundo se derrumba en un solo momento..... y parece no tener solución.
Tengo que empezar a leer tu libro y espero que me sirva de mucho
Montse
blasmon@hotmail.com
Un abrazo
HOLA MERCE GRACIAS POR ESTAS PALABRAS TAN SABIAS
ResponderSuprimirQUE DIOS TE BENDIGA.
Merçè , soy marina .
ResponderSuprimirte dejé un comentario el mes de mayo .
Hoy necesito agradecerte tu libro , estos dìas he vuelto a leeerlo y no sabes
cuanto me ha ayudado a reflexionar ! gràcias a tus palabras puedo decir
que HE AVANZADO algo en el camino estos dìas.
un abrazo .
¡Que ilusión me hace que estés mejor, Marina!
ResponderSuprimirContesté tu comentario de Mayo en:
WWW.comoafrontarlamuertedeunhijo.blogspot.com
Un abrazo grande
Hola Merce... no soy una madre, soy una hija. Tampoco he perdido a mi madre. Pero no puedo parar de llorar al leerte y leer los comentarios de los demás padres. No soy una persona que suela llorar, pero he tocado algo muy auténtico y profundo al leeros. Merce, Marina, Montse y demás... siento una ganas inmensas de estar un momento con vosotras, y darnos un abrazo muy humano, y compartir esta condición común tan humana de estar expuestas a abandonos, despedidas y ausencias... que nos hacen sentir tan vulnerables. Un abrazo de una hija a vosotras, madres maravillosas. Os quiero y os deseo el consuelo, el descanso, la paz y la alegría.
ResponderSuprimirMaría.
que hermoso todo lo que escribes, yo no he perdido a mi hija aunque estuve a punto, pero por desgracia dos amigas mias si han perdido a las suyas no encuentran consuelo, aunque les queda otro hijo como a tí, supongo que 6 meses no es mucho tiempo, pero me gustaría de alguna manera poder ayudarles. ¿como les puedo poner en contacto con tigo? aunque solo sea para que les escribas unas lineas. Te estaría muy agradecida, ojala puedan volver a la vida de nuevo como tú, pues su vida se ha roto y todos sus proyectos también.
ResponderSuprimirEstán hundidas y los que estamos a su lado no sabemos muy bien que hacer.
Les voy a regalar tu libro
Un saludo y gracias
Hola Marimar,
ResponderSuprimirPuedes dar la dirección de mi blog a tus amigas:
WWW.comoafrontarlamuertedeunhijo.blogspot.com
Allí nos podemos poner en contacto.
Un abrazo grande,
Mercè